A continuación una predica tomada por samuel de medios virtuales:
"Los ídolos a los que se refiere el título son el dinero y el placer. Los llamo modernos no porque no se hayan conocido en la antigüedad —son ídolos de todos los tiempos— sino porque me parece que caracterizan de un modo especial a nuestra época.
Los llamo ídolos porque tienden a tomar el lugar de Dios. En la antigüedad se solía dar ese nombre a las estatuas de los dioses paganos, que representaban las fuerzas de la naturaleza y las realidades sociales que tenían poder sobre la vida de los seres humanos. Hoy se suele llamar ídolos a los actores, a los cantantes, a los deportistas, a los líderes políticos aclamados por las muchedumbres.
Yo quiero llamar ídolos al dinero y al placer porque tienden a ocupar el lugar supremo en la escala de valores de la vida de tantas personas hoy. Se vive para ganar dinero —"hacer plata"—, o para "gozar la vida". Todo el resto se subordina a estos fines.
Del dinero se espera seguridad, un sentido del valer personal, la obtención de múltiples satisfacciones, el poder para lograr sus fines, el sentido de libertad respecto de otros, y el poder sobre ellos (y por consiguiente superioridad sobre ellos), la aceptación, la admiración (y hasta la envidia), y la adulación de muchos. Del placer se espera la sensación de sentirse bien, de sentirse vivir intensamente. Y, además, en el caso de placeres más o menos peligrosos o prohibidos, cierta satisfacción de ir más allá de los límites.
No niego al dinero o al placer de vivir la categoría de valores y aun de necesidades. Pero lo que critico es que usurpen el lugar de valores más altos y aun del Valor Absoluto que es Dios, en quien deberíamos poner toda nuestra seguridad y el fundamento de nuestro valer personal, la fuente de toda nuestra alegría.
Cuando se produce esta usurpación los que en sí mismos son genuinos valores se convierten en agentes de muerte, en mentiras que acaban esclavizándonos, envileciéndonos y deshumanizándonos.
La mentira fundamental del dinero es que siendo siempre y necesariamente un puro medio, es tomado como si fuera un fin en sí mismo. Se busca el dinero por el dinero. Y siempre se quiere más.
Siempre se puede ser diez veces más rico de lo que se es. Es una sed que crece con el beber. Como todo ídolo, no cumple con las promesas de felicidad, de libertad y de seguridad que nos hace: siempre está la muerte al final de la vida. Siempre existe la posibilidad de perderlo, siempre hay que matarse trabajando para que nadie nos despoje de aquello en que hemos puesto nuestra esperanza, nunca sabremos si los demás nos buscan por nosotros mismos o por lo que pueden sacar de nosotros. Esto sucede no sólo con el dinero sino con todo lo que es medio.
Dentro de esta categoría también habrá que contar al poder y al saber tecnológico. Los medios sólo valen cuando se ponen al servicio de los fines debidos. Es entonces que alcanzan su valor real. El dinero negado a otros es una barrera entre los seres humanos. La confianza puesta en las posesiones personales eclipsa el abandono filial y confiado en un Padre Celestial que nos ama y que ya sabe que tenemos necesidad de cosas materiales.
No en vano Jesús nos dice claramente que no se puede servir a la vez a dos Señores (es decir a los principios rectores de nuestra vida), a Dios y al dinero, y nos recuerda que si recibimos riquezas (de cualquier tipo) debemos considerarnos como simples administradores de ellas, por las que hemos de dar cuenta un día a Quien nos las dio.
La mentira fundamental del placer de los sentidos es que se lo identifique con la felicidad. Esta identificación es característica del escéptico que no cree en nada que no pueda experimentar directamente con sus propios sentidos.
El placer ciertamente no es pecado en sí mismo, pero con facilidad arrastra al hombre a olvidarse de quién es él en realidad.
El hombre no puede olvidarse, sin grave peligro, de que tiene un cuerpo, pero mayor daño le causará el no querer reconocer que es ante todo espíritu.
Puede ser más cómodo pensar que uno es un animal más, pues esto le quita la responsabilidad y le permite olvidarse del pasado y no pensar en el futuro, pero eso lo sumirá en la auto-mentira, con consecuencias catastróficas. Además el placer con suma facilidad envicia y esclaviza, y al final deja a quien vive para él, vacío y aislado de todo lo demás. Cuando llega a ser un ídolo el placer miente y degrada.
Lo que antes gustaba, harta y aburre, y uno se ve arrastrado a buscar sensaciones cada vez más fuertes. Uno se sume así en un vértigo en el que busca olvidar los requerimientos más fundamentales de su auténtico ser. El dinero y el placer no son ídolos independientes. Han establecido entre sí una alianza en nuestros días. Se busca tener dinero para gastarlo procurándose placer, ese falso fantasma de la felicidad. Se busca conseguir dinero ofreciendo placer en sus diversas formas. Todo el consumismo está basado en este binomio.
El trabajo humano resulta falsificado y también el sano consumo. ¿Cuál es pues el camino de liberación de esta doble esclavitud? Es colocar estos dos valores en su lugar auténtico: el dinero usado como puente con el prójimo al compartirlo solidariamente y administrado como responsabilidad recibida de Dios; el placer como el resultado natural de la contemplación de la belleza auténtica de la creación de Dios y de su modesto disfrute para satisfacer las necesidades simples de la vida, regalo de Dios que así nos ofrece un pequeño anticipo de los verdaderos goces de la vida eterna con Él.
El dolor ya no será el enemigo absoluto y por lo tanto el amor capaz de sacrificarse por los otros volverá a ser posible. Como nos dice Jesús, el que se aferra a su propia vida la perderá y el que la entrega gozoso por el Señor y su Reino la encontrará para la Vida Eterna."
Los llamo ídolos porque tienden a tomar el lugar de Dios. En la antigüedad se solía dar ese nombre a las estatuas de los dioses paganos, que representaban las fuerzas de la naturaleza y las realidades sociales que tenían poder sobre la vida de los seres humanos. Hoy se suele llamar ídolos a los actores, a los cantantes, a los deportistas, a los líderes políticos aclamados por las muchedumbres.
Yo quiero llamar ídolos al dinero y al placer porque tienden a ocupar el lugar supremo en la escala de valores de la vida de tantas personas hoy. Se vive para ganar dinero —"hacer plata"—, o para "gozar la vida". Todo el resto se subordina a estos fines.
Del dinero se espera seguridad, un sentido del valer personal, la obtención de múltiples satisfacciones, el poder para lograr sus fines, el sentido de libertad respecto de otros, y el poder sobre ellos (y por consiguiente superioridad sobre ellos), la aceptación, la admiración (y hasta la envidia), y la adulación de muchos. Del placer se espera la sensación de sentirse bien, de sentirse vivir intensamente. Y, además, en el caso de placeres más o menos peligrosos o prohibidos, cierta satisfacción de ir más allá de los límites.
No niego al dinero o al placer de vivir la categoría de valores y aun de necesidades. Pero lo que critico es que usurpen el lugar de valores más altos y aun del Valor Absoluto que es Dios, en quien deberíamos poner toda nuestra seguridad y el fundamento de nuestro valer personal, la fuente de toda nuestra alegría.
Cuando se produce esta usurpación los que en sí mismos son genuinos valores se convierten en agentes de muerte, en mentiras que acaban esclavizándonos, envileciéndonos y deshumanizándonos.
La mentira fundamental del dinero es que siendo siempre y necesariamente un puro medio, es tomado como si fuera un fin en sí mismo. Se busca el dinero por el dinero. Y siempre se quiere más.
Siempre se puede ser diez veces más rico de lo que se es. Es una sed que crece con el beber. Como todo ídolo, no cumple con las promesas de felicidad, de libertad y de seguridad que nos hace: siempre está la muerte al final de la vida. Siempre existe la posibilidad de perderlo, siempre hay que matarse trabajando para que nadie nos despoje de aquello en que hemos puesto nuestra esperanza, nunca sabremos si los demás nos buscan por nosotros mismos o por lo que pueden sacar de nosotros. Esto sucede no sólo con el dinero sino con todo lo que es medio.
Dentro de esta categoría también habrá que contar al poder y al saber tecnológico. Los medios sólo valen cuando se ponen al servicio de los fines debidos. Es entonces que alcanzan su valor real. El dinero negado a otros es una barrera entre los seres humanos. La confianza puesta en las posesiones personales eclipsa el abandono filial y confiado en un Padre Celestial que nos ama y que ya sabe que tenemos necesidad de cosas materiales.
No en vano Jesús nos dice claramente que no se puede servir a la vez a dos Señores (es decir a los principios rectores de nuestra vida), a Dios y al dinero, y nos recuerda que si recibimos riquezas (de cualquier tipo) debemos considerarnos como simples administradores de ellas, por las que hemos de dar cuenta un día a Quien nos las dio.
La mentira fundamental del placer de los sentidos es que se lo identifique con la felicidad. Esta identificación es característica del escéptico que no cree en nada que no pueda experimentar directamente con sus propios sentidos.
El placer ciertamente no es pecado en sí mismo, pero con facilidad arrastra al hombre a olvidarse de quién es él en realidad.
El hombre no puede olvidarse, sin grave peligro, de que tiene un cuerpo, pero mayor daño le causará el no querer reconocer que es ante todo espíritu.
Puede ser más cómodo pensar que uno es un animal más, pues esto le quita la responsabilidad y le permite olvidarse del pasado y no pensar en el futuro, pero eso lo sumirá en la auto-mentira, con consecuencias catastróficas. Además el placer con suma facilidad envicia y esclaviza, y al final deja a quien vive para él, vacío y aislado de todo lo demás. Cuando llega a ser un ídolo el placer miente y degrada.
Lo que antes gustaba, harta y aburre, y uno se ve arrastrado a buscar sensaciones cada vez más fuertes. Uno se sume así en un vértigo en el que busca olvidar los requerimientos más fundamentales de su auténtico ser. El dinero y el placer no son ídolos independientes. Han establecido entre sí una alianza en nuestros días. Se busca tener dinero para gastarlo procurándose placer, ese falso fantasma de la felicidad. Se busca conseguir dinero ofreciendo placer en sus diversas formas. Todo el consumismo está basado en este binomio.
El trabajo humano resulta falsificado y también el sano consumo. ¿Cuál es pues el camino de liberación de esta doble esclavitud? Es colocar estos dos valores en su lugar auténtico: el dinero usado como puente con el prójimo al compartirlo solidariamente y administrado como responsabilidad recibida de Dios; el placer como el resultado natural de la contemplación de la belleza auténtica de la creación de Dios y de su modesto disfrute para satisfacer las necesidades simples de la vida, regalo de Dios que así nos ofrece un pequeño anticipo de los verdaderos goces de la vida eterna con Él.
El dolor ya no será el enemigo absoluto y por lo tanto el amor capaz de sacrificarse por los otros volverá a ser posible. Como nos dice Jesús, el que se aferra a su propia vida la perderá y el que la entrega gozoso por el Señor y su Reino la encontrará para la Vida Eterna."
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